El humanismo en época de pandemia

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Por: León Darío Arboleda Garzón. MD.
Epidemiólogo Gerontólogo

Quisiera comenzar esta reflexión sobre la pandemia ocasionada por el Coronavirus desde
diciembre de 2019, cuando comenzó su manifestación en Wuhan China, a la fecha de
producción de este artículo 02 de mayo de 2020, citando el epílogo de la novela La Peste
de Albert Camus, publicada en 1947:

“Oyendo los gritos de alegría que subían de la Ciudad, Rieux tenía presente que esta
alegría está siempre amenazada, pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo
que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás,
que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, los pañuelos y los
papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los
hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”.

Hace referencia este ilustre escritor a la peste negra, o peste bubónica que es transmitida
por la bacteria Yercinia Pestis (entre otras bacterias como la leptospira y la salmonela),
cuyo portador es la pulga de los roedores, pandemia que desoló a Europa y parte de Asia,
produciendo la muerte a casi la mitad de la población europea en el siglo XIV, y que
continuó su efecto endémico y de letalidad por más de cuatrocientos años.

Y qué decir de la Fiebre o Gripe Española que en 1918 produjo la muerte de 70 millones
de personas en este continente y parte de Norteamérica.

Albert Camus, nos representa en su genial escrito, algo que está sucediendo en nuestro
siglo XXI: el Coronavirus está, y seguirá en nuestro mundo, y que cuando la “ciudad
dichosa” gozaba de los deleites del mundo postmoderno, el virus despertó para
desgracia y enseñanza de los hombres, se ha asentado en los muebles, pañuelos y
papeles, produciendo la actual crisis de salud mundial , y que a diferencia del poder y
velocidad de transmisión de la Peste Negra que tardó decenios y siglos para desolar a
Europa, este virus lo ha hecho a la velocidad del avión, los barcos y navíos, en días y horas
de un lado al otro de nuestro planeta.

Pero gracias a los conocimientos científicos y al desarrollo de la epidemiología moderna,
con la misma velocidad con que se expandió, se enfrentó con las medidas de preparación,
contención y mitigación, con las características propias de cada país desde el punto de vista político y económico; de tal forma que llevó al Director de la Organización Mundial
de la Salud (OMS), Doctor Tedros Adhanom a pronunciarse así: “ El Coronavirus es una
pandemia por su velocidad y escala de transmisión y por la falta de compromiso político
en algunos países para controlarlo a pesar de las advertencias”.

Dicha consideración, nos aventura a pensar que habrá gobiernos que pasarán a la historia
como negligentes, por no decir incompetentes, por la tardanza en la toma de medidas y
recomendaciones de los científicos en medicina interna, infectología, epidemiología y
salud pública.

Basta mirar y observar la evolución abrupta de la enfermedad con brotes inesperados, y
con una tasa de mortalidad y letalidad entre 2.5 y 4.5 %, como está sucediendo en Italia,
España, Ecuador, Brasil y Estados Unidos, lo cual nos lleva a repensar la clase de
gobiernos que rigen los destinos de nuestros pueblos en el mundo “desarrollado” y
“subdesarrollado”, donde no tienen suficiente peso los “determinantes sociales”, sino el
poco grado o nivel de inteligencia, soberbia y la maledicencia de quienes nos gobiernan.

Basta leer la historia en todas sus épocas , y desde la epidemia de Justiniano a la fecha
para observar el proceso salud-enfermedad, en todas sus formas dinámicas, evolutivas y
temporales, para no caer en la displicencia, minimización de riesgos y observación
actuarial, estadística y epidemiológica, sobre todo en una época donde creemos tenerlo
todo, controlarlo todo con medios externos, físicos y químicos desconociendo lo
comportamental, la conducta y el modus vivendi de los grupos humanos, y por sobre todo
los aspectos demográficos de las comunidades, su calidad de vida y la solución a aquellos
determinantes sociales que hay que resolver con urgencia en sociedades supremamente
desiguales, con altos niveles de pobreza, desempleo, desnutrición, enfermedades
crónicas, altos niveles de incidencia y prevalencia de enfermedades infecciosas, poca
accesibilidad a los servicios de salud con oportunidad, eficiencia, eficacia e igualdad de
desarrollo en ayudas diagnósticas, de tratamiento y quirúrgicas.

Surge de inmediato una reflexión necesaria sobre la dicotomía de elegir la supremacía de
la salud y la vida para fortalecer la economía, o darle primacía a la economía sobre la salud
y la vida. Sin vida y salud no hay crecimiento económico, buena producción y óptimo
desarrollo social. La resolución de los determinantes sociales es materia de salud pública
y gubernamental. Esto nos obliga a replantear los intereses nacionales basados en un
binomio de salud y economía sin detrimento de lo prioritario: la salud.

Si algo nos ha enseñado esta pandemia, es valorar la vida y la salud como la base
fundamental del humanismo; nos ha obligado a replantear y analizar el atraso en
inversión en salud de más de 60 años de historia de violencia del país, que ha priorizado la
inversión en la seguridad nacional y ha dificultado desarrollar la solución pronta de los
determinantes sociales que afectan a la población.

La pandemia nos evidenció el atraso en equipamientos, desarrollo estructural y locativo
del sistema de salud colombiano, reluciendo la escasez y la falta de implementos
tecnológicos, y una correcta sistematización de servicios que ante todo sean accesibles
para casos críticos, máxime en tiempos como los actuales donde el mundo, Colombia y Antioquia
afrontan la más delicada crisis de salud pública en varias décadas de historia.

Ha surgido la necesidad de filosofar sobre el porqué de la vida y la existencia, ¿para qué
estamos en este planeta?, cómo hemos afectado el medio ambiente, el entorno familiar y
la sociedad.

El confinamiento nos ha puesto en evidencia que si no hemos amado de verdad nuestras
libertades, nuestro planeta, nuestro prójimo, nuestras familias, nuestro ambiente laboral,
social y político; llegó la hora de enderezar el camino, buscar desarrollar una” sociedad de
los afectos”, una sociedad llena de relaciones de empatía, de solidaridad y de respeto con
nosotros mismos, con los demás, y ante todo respeto por la vida, don supremo de la
humanidad.

Cómo ha impactado el confinamiento en el mejoramiento de la calidad del aire, hasta el
punto que en solo treinta días del mes de abril de 2020, se disminuyó en 70.000, los casos
de muerte en China por problemas de contaminación, y qué decir del agua, nuestra agua,
el precioso líquido ha mejorado en nuestras fuentes hídricas con la disminución de la
contaminación industrial. El planeta lo necesitaba, y el virus nos lo ha enseñado.

También hemos tenido que reflexionar sobre los criterios éticos, la bioética, el cuidado de
la línea tan delgada entre la vida y la muerte.

La creación de Comités de Ética Médica e Investigación al cuidado del paciente en estado
crítico en tiempos de pandemia, nos ha obligado a repensar la vida y la muerte, con un
análisis muy humano en la toma de decisiones. Nos ha invitado a establecer una
hermenéutica para la atención de emergencia en salud, disponer de protocolos de
intervención psicológica como primeros auxilios en tiempos de epidemia y catástrofes.

Hemos creado un sinnúmero de definición de protocolos en urgencias, cirugía, cuidados
intensivos, hospitalización, bioseguridad, servicios generales etc., específicos para una
atención especial en tiempos de crisis. Y qué decir del compromiso de los héroes, el
personal sanitario, batallando contra el virus, luchando por la vida de nuestros pacientes,
y exponiendo sus vidas, a tal punto que varios han fallecido en el campo de batalla,
nuestros hospitales.

La Historia nos va a medir y evaluar a los seres humanos, no por las muertes, no por el
desarrollo de grandes descubrimientos en tratamientos, entre ellos el desarrollo probable
de la vacuna; sino por la capacidad de resiliencia que tengamos, la solidaridad, el cambio
de conductas y el respeto definitivo por la vida en todas sus manifestaciones, lo que implica el desarrollo de un nuevo contrato social que nos permita frenar las desigualdades
sociales, la consecución de la paz interior, social y política.

Es la hora del cambio, porque si no, reiremos y gozaremos, esperando el día en que la
peste para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a
morir en un mundo falsamente dichoso.

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